La noche de las CERVEZAS INFINITAS. Te explico la utilidad marginal decreciente

 

“La noche de las cervezas infinitas”

(cuento para explicar la utilidad marginal decreciente)

explicar la ley de la utilidad marginal decreciente con cervezas


El plan perfecto

Era sábado a la noche.
Después de una semana eterna de parciales, trabajos prácticos y un profesor que parecía disfrutar del sufrimiento ajeno, Tomás y sus amigos decidieron que era hora de desconectarse.
Esa noche había baile en el Club Juventud, y según el grupo de WhatsApp, iba a ir “todo el mundo”.

—Esta noche no se estudia, se festeja —dijo Lucas, levantando una lata de cerveza.
—Brindemos por eso —contestó Tomás, que todavía tenía en la cabeza la palabra “elasticidad” dando vueltas.

El grupo estaba completo: Tomás, Lucas, Nico y Paula. Llegaron al club cerca de las 11, cuando el DJ todavía probaba sonido y la pista olía a desinfectante y promesas.

—La primera ronda va por mí —dijo Tomás, entusiasmado—. ¡Hoy no se habla de economía!

La primera cerveza: el paraíso

Pidieron cuatro cervezas heladas.
Tomás tomó un trago largo. El gas, el frío y el amargor justo le explotaron en la boca.
—Esto, hermano, es felicidad líquida —dijo mirando el techo del gimnasio, convertido en boliche.

La música empezó a subir.
Todo parecía perfecto: la pista, los amigos, las risas.
Ese primer vaso valía oro. Sentía que cada sorbo lo sacaba un poco más del estrés de la semana.

Si alguien le hubiera preguntado en ese momento cuánto daría por una cerveza más, habría dicho:
—¡Lo que sea!

La segunda cerveza: la alegría

Media hora después, ya tenían la segunda ronda en la mano.
El sabor era el mismo, pero la sensación diferente.
Seguía rica, seguía helada… pero ya no era tan mágica como la primera.

Paula se reía:
—Ey, Tomás, ¿te diste cuenta que la segunda ya no te hace tan feliz?
—No digas eso, todavía me encanta —contestó, aunque sabía que algo de razón tenía.

Bailaron. Se sacaron selfies. Brindaron.
La noche recién empezaba y la diversión seguía subiendo.
Pero sin que nadie lo notara, la utilidad marginal —ese placer que daba cada trago adicional— empezaba a bajar muy, muy despacito.

La tercera cerveza: la euforia

A la una y media, ya iban por la tercera.
El boliche estaba lleno. Las luces giraban, el DJ gritaba frases sin sentido, y el grupo estaba en su mejor momento.

—¡Por la libertad económica! —gritó Nico, levantando el vaso.
—¡Y por la inflación, que no nos suba el precio! —agregó Lucas, riéndose.

Tomás sentía la cabeza liviana y el cuerpo flojo.
Ya no sabía si estaba feliz o solo anestesiado.
Esa tercera cerveza le daba placer, sí, pero también un poco de torpeza.

De a poco, la alegría máxima empezaba a tocar su techo.

La cuarta cerveza: el exceso

A las dos y media, cuando la música cambió a cumbia y la pista parecía una marea de gente, Tomás pidió otra.
La cuarta.
La destapó, la miró un segundo y pensó: “ya no tengo tanta sed… pero bueno, una más no hace mal.”

El primer trago no supo igual.
Ya no sentía frescura, sino pesadez.
A cada sorbo, la cerveza perdía encanto.
Lo que antes era placer, ahora se volvía rutina.

Paula lo miró y dijo:
—¿Viste? Te lo dije, la utilidad marginal está decreciendo.
Tomás la miró confundido.
—¿Qué utilidad qué?
—La satisfacción extra que te da cada cerveza nueva. Mirá, la primera fue gloria, la segunda buena, la tercera te mareó y la cuarta ya no te da nada.
—No puede ser…
—Sí puede. La economía también pasa en los boliches.

Tomás rió, sin entender del todo, pero con la cabeza un poco más pesada.

La quinta cerveza: la furia

A las tres, el boliche era un caos.
Tomás fue a la barra, pero el mozo ya lo miraba con desconfianza.
—Una más —dijo, con voz pastosa.
—No, amigo, ya estás bien.
—Una más, te dije.
—No, capo, hay fila.

Tomás frunció el ceño.
La euforia se transformó en enojo.
—¿Cómo que no? Si estoy pagando.

Lucas intervino para calmarlo.
—Dejá, Tomi, ya fue.
—No, loco, es el principio del libre mercado, si quiero comprar, tengo derecho.

Pero el mozo no cedió.
Enojado, Tomás tiró la servilleta al suelo y se fue refunfuñando.
Esa quinta cerveza que no tomó ya no le daba placer, le daba bronca.

Ahí estaba la clave: la utilidad marginal no solo había caído, se había vuelto negativa.

La tristeza

Media hora después, ya afuera del boliche, el grupo se sentó en la vereda.
El aire fresco les pegó de lleno.
Tomás miraba las luces lejanas y sentía el estómago revuelto.

—¿Viste que la quinta no te hizo falta? —dijo Paula con una sonrisa cansada.
Tomás asintió.
—Tenías razón. La primera fue la mejor.
—Exacto. Así funciona la utilidad marginal: cada unidad adicional te da menos satisfacción que la anterior. Y si te pasás, te hace mal.
—O sea, ¿la economía predijo mi resaca? —dijo Lucas, riendo.
—Sí. La economía predice más cosas de las que creemos —respondió ella.

El grupo se quedó en silencio.
Las luces del club se apagaban. El ruido se desvanecía.

El aprendizaje

El domingo al mediodía, Tomás se despertó con dolor de cabeza.
Se preparó un mate y abrió el manual de Microeconomía, todavía con el eco de la música en la cabeza.
El título del capítulo 4 decía:
“La ley de la utilidad marginal decreciente”

Leyó en voz alta:

“A medida que una persona consume unidades adicionales de un bien, la satisfacción que obtiene de cada unidad tiende a disminuir.”

Soltó una carcajada.
—Tenías razón, Paula. Anoche lo viví en carne propia.

A la tarde, se juntaron a almorzar los cuatro.
—Bueno, chicos, oficialmente la experiencia del sábado fue una clase práctica —dijo Paula.
—Sí, una clase que me costó dos días de dolor de cabeza —contestó Tomás.
—Entonces la utilidad marginal del tercer trago fue positiva, y de la cuarta en adelante negativa —resumió Lucas, con tono de profesor.
—Y eso demuestra —agregó Nico— que no todo lo que da placer, da más placer si lo repetís.

Todos rieron.

Epílogo: la moraleja

Esa noche, Tomás volvió a escribir en su cuaderno —el mismo donde había anotado aquella frase del costo de oportunidad meses atrás—:

“La felicidad, como la cerveza, tiene un límite natural.
La primera te llena de alegría, la segunda te mantiene arriba,
la tercera te distrae,
la cuarta te cansa,
y la quinta te deja vacío.

En economía lo llaman ‘utilidad marginal decreciente’.
En la vida, lo llamamos ‘aprender a parar a tiempo’.”

Cerró el cuaderno, apagó la luz y pensó:
“Qué loco… estudiar economía me está enseñando más sobre mí que sobre el dinero.”


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